La Iglesia

Desde sus inicios la Iglesia nace con el objetivo de llevar el mensaje del amor de Cristo a todos los confines de la tierra. “Entonces Jesús acercándose les habló con estas palabras: Todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Por eso, vayan y hagan que los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo” (Mt. 28, 19-20).

Este mandato final de la Ascensión de Jesús conlleva a todo bautizado ser discípulo y profeta de la Buena Noticia de Cristo Resucitado, noticia que se debe transmitir no sólo profetizando el Evangelio, sino también, a través de acciones concretas de amor y ternura. 

La Doctrina Social de la Iglesia muestra los fundamentos clave de su conformación:

La Iglesia, signo y salvaguardia de la trascendencia de la persona humana

La Iglesia se pone concretamente al servicio del Reino de Dios, ante todo anunciando y comunicando el Evangelio de la salvación y constituyendo nuevas comunidades cristianas. Con la predicación del Evangelio, la gracia de los sacramentos y la experiencia de la comunión fraterna, la Iglesia «cura y eleva la dignidad de la persona, consolida la firmeza de la sociedad y concede a la actividad diaria de la humanidad un sentido y una significación mucho más profundos » (c/f DSI 51).

Iglesia, Reino de Dios y renovación de las relaciones sociales

Dios, en Cristo, no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre las personas. Jesucristo revela que « Dios es amor » (1 Jn 4,8) y nos enseña que « la ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así, pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles».  Esta ley está llamada a convertirse en medida y regla última de todas las dinámicas conforme a las que se desarrollan las relaciones humanas (c/f DSI 54).

El convivir en la red de nexos que aúna entre sí individuos, familias y grupos intermedios, en relaciones de encuentro, de comunicación y de intercambio, asegura una mejor calidad de vida. El bien común, que los hombres buscan y consiguen formando la comunidad social, es garantía del bien personal, familiar y asociativo. Por estas razones se origina y se configura la sociedad, con sus ordenaciones estructurales, es decir, políticas, económicas, jurídicas y culturales (c/f DSI 61).

Fecundar y fermentar la sociedad con el Evangelio

Con su enseñanza social, la Iglesia quiere anunciar y actualizar el Evangelio en la compleja red de las relaciones sociales. Cuidar de la persona significa, por tanto, para la Iglesia, velar también por la sociedad en su solicitud misionera y salvífica. La convivencia social a menudo determina la calidad de vida y, por ello, las condiciones en las que cada hombre y cada mujer se comprenden a sí mismos y deciden acerca de sí mismos y de su propia vocación. Por esta razón, la Iglesia no es indiferente a todo lo que en la sociedad se decide, se produce y se vive, a la calidad moral, es decir, auténticamente humana y humanizadora, de la vida social. La sociedad y con ella la política, la economía, el trabajo, el derecho, la cultura no constituyen un ámbito meramente secular y mundano, y por ello marginal y extraño al mensaje y a la economía de la salvación. La sociedad, en efecto, con todo lo que en ella se realiza, atañe al hombre. Es esa la sociedad de los hombres, que son « el camino primero y fundamental de la Iglesia » (c/f DSI 62).

En cuanto Evangelio que resuena mediante la Iglesia en el hoy del hombre, la doctrina social es palabra que libera. Esto significa que posee la eficacia de verdad y de gracia del Espíritu de Dios, que penetra los corazones, disponiéndolos a cultivar pensamientos y proyectos de amor, de justicia, de libertad y de paz. 

Doctrina social, evangelización y promoción humana

Entre evangelización y promoción humana existen vínculos profundos: «Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico, ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención, que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia, que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre? » (c/f DSI 66).

Derecho y deber de la Iglesia

En Mt. 25, 35-36 Jesús nos dice que el Reino de los Cielos estará preparado para aquellos que han cumplido lo que nos ha encomendado: “Tuve hambre y ustedes me alimentaron, tuve sed y ustedes me dieron de beber, pase como forastero y ustedes me recibieron en su casa, anduve sin ropas y me vistieron, estaba enfermo y fueron a visitarme, estuve en la cárcel y me fueron a ver”. 

Este es el mandato al cual la Iglesia responde con la creación de Pastorales Sociales Cáritas a nivel mundial, instituciones a cargo de volver en acciones concretas las palabras del Evangelio, atendiendo en especial a aquellos a los que Jesús llamó pobres y desamparados.

Asimismo a la luz del Documento de Aparecida, el servicio de la caridad, el anuncio de la palabra y la celebración de los Sacramentos son expresiones irrenunciables de la propia esencia de la Iglesia y, en este sentido, la acción de amor y caridad para con nuestros hermanos, especialmente por los más necesitados, constituye la inspiración en la creación de las Cáritas a nivel mundial (Papa Francisco).

Cáritas hace visible el amor de Dios en el mundo, es la caricia de la Iglesia a sus hijos, la cercanía hacia las personas, es el amor de la Iglesia y para llegar a la mayor cantidad de personas en el mundo se desarrolla en diversos niveles de acción: mundial, nacional, regional, nacional y local. No obstante y a pesar de la diversidad de realidades existentes en los países del mundo, el trabajo desarrollado por la institución permite atender las necesidades propias de hombres y mujeres, niños, adultos y ancianos, nacionales y extranjeros, residentes, refugiados y migrantes, con la misma caridad con la que Cristo Jesús lo hizo. De modo que nuestra acción a diferencia de las acciones de caridad que puede desarrollar una ONG o los propios gobiernos nacionales, es que nuestra acción es eminentemente “apostólica” es decir al servicio de la voluntad de Dios.